lunes 28 de mayo de 2007

Hermenéutica fantasmagórica

Desenvuelta de mi cuerpo, mi alma descansa desnuda en una colcha blanca, en un edredón esférico, nevado ('en esta mañana fría, fría, fría, congelada') y cubierto de rosas rojas porque ya estamos en mayo y por fin es otoño; aquí, mi rostro sin rostro (no) es muy diferente de mi rostro con rostro. El verdadero problema es que mi alma esta vez se ha enraizado en mi cuerpo, porque tiene ciertos privilegios sobre la materia que el alma no tiene, o no del todo, a saber, deslizarse cuesta abajo con la música absorbiendo mi cerebro, deslizarse por el chelo que es un castillo ambulante en el que habito para refugiarme -me gusta la habitación de las efes, tiene vistas al mar como la caracola de Anaïs Mentha ® (aquella inventora de relojes que una vez me atreví a ser)-, deslizarse en "L'Astrée", deslizarse lúdicamente en el "I Ching", deslizarse en un viejo jersey, deslizarse en la cama, deslizarse entre la multitud, deslizarse silencioso "sobre las losetas, entre los muebles restaurados", deslizarse entre los cojines que guardan el olor de tiempos pasados, deslizarse entre 'Los meses del olvido' (aquel primer 'libro' que un día creí haber escrito).
El verdadero problema (2) es que sigo sintiendo cómo me crecen las alas entre los omoplatos, y me pregunto, me pregunto, si sabré volar mejor o peor que leonardo da vinci, si podré seguir caminando, si tendré que agujerear la espalda de mi ropa para no romperme los cartílagos.
El ala derecha de la casa también tiene la ropa agujereada, para que los muebles respiren mejor.

-¿El qué?
-Teoría (repito) de la literatura y literatura comparada -emoción interior, discretamente eclipsada-.
-Ah, ¿y porqué has estudiado eso, eso tiene salidas?
Respuesta: inevitablemente soy un fantasma con cuerpo, pero leer es teletransportarse, atravesar las paredes y leer el pensamiento, todo a la vez, y sin necesidad de telarañas, filtros mágicos o cascadas encubridoras de palacios.

Hubo una época en que llegué a pensar que era literalmente transparente, o al menos translúcida; pero soy un fantasma con un cuerpo, al que trato a veces como a una muñeca antigua, lo trato con cierta distancia, lo visto, le pongo un collar, un anillo, una mirada, lo siento en una esquina del sofá rosa, me pregunto en qué piensa. Me gusta vivir en este cuerpo porque lo conozco como uno conoce su casa, su dormitorio, su infancia, el dolor y los efectos de la luz y el claroscuro sobre los días de la semana.
Aunque hay días, hay mañanas, hay partituras en que este cuerpo cubierto de metamorfosis, de abrigos pseudo-decimonónicos o de rebecas ajadas nada hitchockianas, desaparece; entonces no hace falta que me vaya muy lejos para encontrarme.

Agradecimientos:
me has hecho pensar, a partir de la colcha azul y unos párrafos antes, amén.